Porfirio Díaz: ¿Presidente o Dictador?

Por J. Orozco J.

José de la Cruz Porfirio Díaz Morí fue un gran patriota, defendió a la nación de la invasión estadounidense de 1846-1848, se unió a los liberales en la Guerra de Reforma para defender la Constitución de 1857, héroe de la histórica Batalla de Puebla (05 de mayo de 1862) al lado del general Ignacio Zaragoza, uno de los más ardientes partidarios liberales juaristas contra la Segunda Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano de Habsburgo pero sin duda es puntualmente recordado cuando tomó las riendas de esta nación en las últimas décadas del siglo XIX.

 

Pocos recuerdan que Porfirio Díaz fue el autor de la frase «Sufragio Efectivo No Reelección». Díaz trató de llegar al poder a través del Plan de la Noria y de Tuxtepec, pero fue hasta la mañana del 5 de mayo de 1877 en que “el llorón de Icamole” protestó a su cargo como presidente ante el Congreso de la Unión, después de haberse celebrado las elecciones de 1877 de forma extraordinaria.

 

El porfiriato, etapa comprendida de 1877 a 1911, se caracteriza por un gran crecimiento económico a través del orden, la paz y el progreso marcado por la influencia del positivismo, teoría política francesa creada por Augusto Comte. Logró el reconocimiento de su gobierno por parte de los Estados Unidos y reanudó relaciones oficiales con Bélgica, Alemania, Italia, Francia, España y Reino Unido.

 

Díaz ofreció una cara nueva de México, no como enemigo de las potencias europeas, sino de un aliado económico para la inversión de capital extranjero. Díaz y sus asesores concedieron todas las facilidades necesarias a los inversionistas extranjeros, a fin de que desarrollaran su actividad y, con el apoyo del gobierno, pronto dominaron la economía del país. Situación que, por supuesto, no fue bien vista por todos aquellos que defendían la idea de que el desarrollo económico del país debía depender de mano y obra y financiamiento mexicanos y no extranjeros.

 

General Porfirio Díaz

 

Debido a que la Constitución Política de 1857, tenía un espíritu abiertamente anticlerical, la Iglesia no estaba en condiciones de apoyar al régimen de Díaz, por lo cual éste decidió no dar una aplicación cabal al articulado que regulaba las relaciones con el clero, a fin de que pudiera recuperar algunos de sus espacios perdidos; en esos años se permitió el regreso de la orden de los Jesuitas, autorizándoles la apertura de escuelas que no respetaban el laicismo; pudiendo a través de estas concesiones, que la cúpula eclesiástica, le otorgara su apoyo al régimen gubernamental por el encabezado.

 

 

El gobierno de Manuel González, quien había sido ministro de Guerra del Díaz, estuvo marcado por algunos errores. El final de este gobierno coincidió con una gran crisis económica a nivel mundial que derivó en el encarecimiento de la vida del país. Ante estas circunstancias, se dieron las condiciones para el retorno del General Porfirio Díaz, el cual, para no traicionar el principio de la no-reelección enarbolado por él mismo, durante la revuelta surgida del Plan Tuxtepec; se había abstenido de reelegirse de forma inmediata. Apoyado en tales factores, convocaba a elecciones cada final de su período de gobierno.

 

Contrario a la política de concesiones y conciliación, muchas veces la administración porfirista usó la violencia y represión contra sus adversarios. En esa época fue creado el Cuerpo de Rurales, división de policía encubierta como civiles y cuya principal función fue la de identificar opositores al régimen y ejecutarlos mediante el fusilamiento. Los Rurales eran policías profesionales mejor pagados y entrenados que el ejército, y fueron la herramienta en la cual Díaz se apoyó para pacificar el país. También se formaron grupos de espionaje encargados de vigilar la actuación de los miembros del ejército y los gobernadores de los estados.

 

México presentaba una situación excelente, hasta se creía que Porfirio Díaz era el estadista más grande de todos los tiempos. La riqueza generada por la inversión extranjera asociada en algunas ocasiones con el capital nacional era concentrada sólo por unos cuantos. Por lo tanto, podemos asegurar que crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo social, por ello la situación social y económica del pueblo, de los obreros y los campesinos no era igual que la del desarrollo económico de México.

 

Porfirio Díaz en la exhibición aérea del 16 de febrero de 1911

 

Poco a poco el descontento en varios sectores de la sociedad mexicana se tradujo en rebeliones como la de los yaquis en Sonora, mayas en Yucatán, campesinos en Sinaloa y Chihuahua, y las huelgas mineras y obreras de Cananea y Río Blanco. Todo ello creó las condiciones para el inicio de una revolución. El propio régimen desaprovechó la oportunidad de conducir una transición pacífica.

 

Cuando Díaz celebraba las fiestas del centenario, seguramente no se imaginaba qué tan frágil era su gobierno. Don Porfirio no renunció porque hubiera quedado totalmente derrotado. Renunció porque él sabía que ya no tenía margen para ganar. La sublevación se extendía y sus fuerzas militares eran limitadas para contenerlas. Estados Unidos jugaba ya varias cartas. Sabía que había despertado el México bronco. Prolongar su mandato, no habría logrado sino aumentar los costos.

 

El general Díaz fue, sin duda, el creador del México moderno. Después de sesenta años de agitación que precedieron a su administración, él llevó al país a un estado de progreso que no superaba ninguno de los países de América Latina. Porfirio Díaz sobrevivió a su grandeza y murió en el exilio. Gobernó en México con un poder prácticamente despótico desde 1876 hasta su caída en 1911, y es debido a ese poder por lo que su país vivió su primero y único periodo prolongado de un gobierno formalmente establecido, desde que acabó su obediencia a España. Bajo formas republicanas, Díaz gobernó con mano de hierro, pero sólo una mano así podía haber impuesto respeto por el orden público y miedo de las autoridades constitucionales.

 

Gabinete de Porfirio Díaz el 1 de enero de 1910

 

¡ SI TE GUSTÓ, COMPÁRTELO !