Adiós a las máscaras: El retiro de EEUU del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas

Por Hristo Torres

Desde su fundación, los Estados Unidos se han jactado de manifestar un gran respeto a los derechos humanos, enorgulleciéndose particularmente por recibir con los brazos abiertos a los migrantes, la columna vertebral del país. “Denme a sus exhaustos, a sus pobres, a sus masas oprimidas luchando por respirar libres” reza una placa en la base de la Estatua de la Libertad, el símbolo estadounidense por excelencia. Pero ahora, en una era en la que los derechos humanos parecieran ser tema prioritario en prácticamente todos los foros posibles, en todos los niveles imaginables, la Casa Blanca ha decidido dar un enorme paso atrás.

 

 

El pasado martes, Nikki Haley, la embajadora de EEUU ante la Organización de las Naciones Unidas, anunció que su país se retiraba del Consejo Internacional de Derechos Humanos (CDH), citando su “trato hipócrita para con Israel” y acusándolo, irónicamente, de “ser protector de quienes abusan de los derechos humanos y de ser una fosa séptica de prejuicios políticos”.

 

Hace unos años, durante el gobierno de Barack Obama, hubiera sido posible armar una defensa más o menos decente de tal acusación, si bien fuera a condición de reconocer el lamentable historial del país en materia de DDHH, tanto a nivel interno como internacional. El día de hoy, sin embargo, no es posible siquiera intentarlo, sino que con su salida del CDH, Washington por fin muestra su verdadero rostro.

 

No hay que olvidar que EEUU es un país fundado en la esclavitud, casi destruido a mediados del siglo XIX por lucha entre su abolición y su permanencia. Una nación que hasta hace poco más de cincuenta años trataba a un tercio de su población como ciudadanos de segunda. Un país que aún hoy necesita que la gente salga a las calles para recordarle al gobierno y a las fuerzas policiales que sus vidas importan. Un gobierno que convirtió a un atleta en villano y traidor por protestar de manera pacífica durante el himno nacional.

 

Y esto es tan solo en nivel interno. El récord internacional de EEUU es aún peor.

 

¿Cómo olvidar las intervenciones en América Latina, el este de Europa y por toda Asia, para prevenir el crecimiento del comunismo y preservar la supuesta democracia garante de los derechos humanos? Cuando se derrocaron gobiernos en América Central, colocando a dictadores que eran poco más que carniceros, ¿lo hicieron por la defensa de los derechos humanos? Cuando invadieron Vietnam, oprimiendo a una nación entera, ¿lo hicieron por su bien? Cuándo armaron, financiaron y entrenaron a numerosos grupos de fanáticos religiosos, ¿fue para que estos defendieran a sus pueblos o para que fuera más fácil apoderarse de los recursos de sus tierras? Cuando comenzaron a blindar su frontera sur, provocando incontables muertes y sufrimiento, so pretexto de protegerse de criminales que ellos mismos crearon, ¿no terminaron separando también a cientos de familias?

 

No, señora Haley, los hipócritas no son quienes acusan a Israel de ser un Estado terrorista con justa razón, sino los hombres y mujeres como usted en La Casa Blanca y en la Colina del Capitolio. La partida del CDH es solamente lo más congruente que pudo haber hecho el gobierno de Donald Trump, que cada vez alcanza nuevos niveles de bajeza, mitad por mera incompetencia, mitad por despiadada intolerancia.

 

 

La salida de los estadounidenses del CDH no es más que una manifestación más de un imperio en aparente declive, iniciado desde hace algunos años pero acelerado precipitosamente por un gobierno inepto y cretino.