Cuando conocí Ayotzinapa…

Por Casimiro Méndez

Fue a mediados de 1999, mientras estudiábamos en la Escuela Normal Indígena de Michoacán, cuando recibimos una invitación de los compañeros de la dirección del Sector IX de Educación Indígena, de la Sección XVIII, para participar en un congreso político nacional de maestros de Educación Indígena en Tlapa de Comonfort, Guerrero.

 

Salimos siete compañeros de Cherán a las cinco de la tarde de un cálido día de abril en una combi del servicio colectivo. Cenamos tacos en Uruapan cerca de la central camionera, compramos agua, galletas y tomamos la autopista siglo XXI, cerca de las ocho de la noche. Horas y horas de viaje, atravesando muchos pueblos, mucha costa, mucha pobreza, mucho calor; ya estábamos en Guerrero.

 

De ahí, a las altas montañas, difíciles de franquear, pura subida. Igual, pura pobreza. Casitas hechas de varas y ramas secas, unidas con barro. En medio de la soledad de la naturaleza, tras horas de no encontrarnos con algún poblado, de pronto a lo lejos distinguimos siluetas humanas con la abrazadora compañía del sol sobre sus cabezas: mujeres con los pies descalzos y ropa muy humilde, subiendo cerros con botes de agua en cada mano, un bebé sobre sus espaldas, seguidas de sus pequeños hijos también cargados con baldes de agua.

 

 Imágenes obtenidas de TeleSur TV

 

En las altas montañas de Guerrero, también en medio de la naturaleza y de la nada, nos encontramos con dos pequeños de entre seis y ocho años de edad, tapando con arena los baches de la carretera. No hablaban español, su idioma era el náhuatl; afortunadamente, uno de los compañeros que viajaba con nosotros era de la costa michoacana y compartían lengua materna por lo que se pudo comunicar con ellos. Pedían una cooperación para seguir arreglando la carretera, les dimos la cooperación correspondiente, les dejamos agua, refrescos, galletas, sabritas, gansitos y seguimos nuestro viaje.

 

En otros pueblos y comunidades pequeñas, los pobladores se dedican a la venta de sal de grano en costalitos, a los lados de la carretera. Por los años transcurridos, no me es posible describir el recorrido de manera cronológica, sólo lo que considero más significativo de este viaje.

 

24 horas después de haber salido de Uruapan llegamos a Tlapa de Comonfort, Guerrero. Nos regañaban algunos compañeros, decían que habíamos optado por el camino más largo para llegar a nuestro destino. En ese momento llegaron una pareja de ancianos, con el rostro surcado por los años y la ropa gastada por la miseria, cargaban con unas cajas de cartón.

 

Junto a la cancha de la escuela, donde se llevaría a cabo el congreso, tendieron un pequeño hule de color azul descolorido por el sol y exhibieron su mercancía, traída a pie de Olinalá. Eran cajitas y figuras hechas de barro, pintadas de muchos colores, perfectamente barnizadas. Recuerdo el olor que guardaban esas cajitas: Olían a madera. Una madera de Guerrero, no recuerdo su nombre. Compré dos figuras, una tortuga y una cajita. La cajita se la regalé a mi sobrina Kenya y la tortuga a mi hermana Juana.

 

  Imágenes obtenidas de TeleSur TV​

 

Un día y medio duro el evento político. Salimos por la tarde de Tlapa de Comonfort. Teníamos la intención de conocer la gloriosa Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, mejor conocida como la Normal de Ayotzinapa.  Cuna de grandes hombres y maestros rurales que cambiaron el rostro económico, político y social de muchas comunidades apartadas y aisladas de Guerrero. Los ecos de la escuela rural mexicana, seguían transformando Guerrero. Porque es la maestra, el maestro, quien abre la visión de un futuro más justo y digno para los pueblos. Son los maestros y no los gobiernos los que humanizan al hombre. Uno de los dignos egresados de esta escuela fue Lucio Cabañas Barrientos.

 

Llegamos por la noche, ya el cansancio comenzaba a mermar en nuestro estado físico. De noche no se pudo distinguir bien la escuela ni sus dimensiones. Los estudiantes que nos recibieron dijeron: “¡cuidado con las tortugas!” y era verdad. Cientos de pequeñas tortugas se paseaban sin prisa por los jardines oscuros de la escuela. De hecho, un emblema muy conocido de esta escuela es una tortuga en dos patas rompiendo cadenas. Cenamos frijoles y bistec.

 

Con el breve dialogo que tuvimos con los compañeros de Ayotzinapa, coincidimos en nuestra conversación sobre la embestida de los gobiernos neoliberales por privatizar la escuela pública, la agudización de la represión gubernamental ante la falta de legitimidad, y su intento de desaparecer las normales rurales. Terminamos ya entrada la madrugada con los retos y desafíos de los años venideros. Nunca imaginamos lo difíciles que serían, cargados de rabia, dolor, muerte y sangre. Mucha sangre.

 

Nos despedimos de los compañeros de Ayotzi, ya era de madrugada, ellos temprano irían a clases y nosotros estaríamos regresando a Michoacán. Nos fundimos en un abrazo de amigos, de hermanos de sangre y de pobreza.

 

Quién iba a imaginar que la muerte vestida de impunidad, en uniforme policiaco de color a desaparición forzada, rondaba por la escuela. Y que en el transcurso de los años consiguientes cubriría con su manto oscuro y fétido la digna Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa. Regresamos a Michoacán sin mayor novedad.

Los meses transcurrieron: los años, también. Los gobiernos federales en turno agudizaron más su embestida contra el normalismo en el país, mediante recortes de presupuestos, recortes de matrículas, cerrando normales y aumentando la represión. Los estudiantes normalistas se convirtieron en enemigos número uno de los gobiernos neoliberales, el objetivo principal era acabar con estas escuelas formadoras de docentes producto de la Revolución Mexicana.

 

 Imágenes obtenidas de TeleSur TV

 

La mañana del sábado 27 de septiembre del 2014, desperté temprano y, como es costumbre, lo primero que hice fue revisar las principales notas de los periódicos. Recuerdo el encabezado de uno de ellos: “Enfrentamientos entre policías y normalistas deja 6 muertos”. Los días venideros confirmarían que nunca se trató de un enfrentamiento, y de lo que en realidad se trato fue de una masacre, una completa casería de policías de Iguala contra jóvenes normalistas.

 

La noche del 26 de septiembre en Iguala marcaría un parteaguas en la historia del México actual. Mientras el gobierno federal presumía a nivel mundial la aprobación de reformas estructurales en tiempo récord, la desaparición con vida de 43 normalistas denunciaba un México donde las propias autoridades podían actuar con toda impunidad cometiendo crímenes de lesa humanidad, como la desaparición forzada. Desde entonces, no es que nos hayamos acostumbrado a la violencia, nadie se acostumbra a la violencia. La violencia se impone. Y en la noche de Iguala la violencia se impuso. La violencia no solo aplicada contra seres humanos, sino la violencia aplicada contra la verdad, contra la dignidad, contra la historia.

 

Han pretendido masacrar la verdad desde el gobierno federal con su “verdad histórica”. A cuatro años de los hechos ocurridos en Iguala, Guerrero ese 26 de septiembre del 2014, nosotros seguimos buscando a nuestros 43 jóvenes normalistas, seguimos exigiéndole al Estado su presentación con vida. En un caso tan grave como el perpetrado contra estos jóvenes, no puede haber impunidad, de lo contrario nos estaríamos condenando a la amnesia histórica y permanente.

 

Exigimos la verdad sobre los hechos ocurridos en Iguala, no podemos construir una nueva patria sobre la desaparición forzada de nuestros jóvenes. Vamos a construirla, pero con justicia y dignidad. No a la impunidad, no al olvido. Prohibido olvidar. Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos.