La ira, ¿por el gasolinazo?

Por Adrián Silva

1º de enero de 2017 ha marcado un antes y un después para la economía nacional, los años anteriores serán recordados por la estabilidad que tenían los precios de los hidrocarburos y la nostalgia por aquellos tiempos crecerá conforme lo demande el alza de los mercados internacionales. La liberalización de los precios de la gasolina son el resultado de más de tres décadas de implementación de las políticas neoliberales en México, en realidad, no deberían asombrarnos ni resultarnos extraños estos cambios, porque es una consecuencia natural de la lógica del libre mercado, sin embargo, para la gran mayoría de los mexicanos ha sido como un balde de agua fría el alza de los precios en los energéticos, debido a que en el discurso político de quienes nos han gobernado y/o legislado en los últimos 30 años, (aunque con algunas contadas excepciones), han defendido o permitido, por acción u omisión estas políticas neoliberales y habían asegurado que esa sería la ruta para llegar al desarrollo económico tan anhelado, abatir la pobreza y cerrar la brecha de la desigualdad.

 

Sin embargo, la frustración y la impotencia de la sociedad civil organizada pacíficamente, mostrada en los primeros días de este 2017, no sólo es resultado del incremento de precios en los combustibles, existen muchas otras razones para utilizar esta situación como catalizador de muchas otras problemáticas que nos frustran socialmente y que sin duda no pueden disociarse unos de otros.

 

La ira por el gasolinazo retoma el enojo causado por los escándalos de corrupción del círculo cercano del Peña Nieto, la manera tan ingenua y absurda de absolver al Presidente y a su esposa por el tema de la Casa Blanca, así como la casa de Malinalco de Luis Videgaray, o bien las inconsistencias y la mentira histórica en la investigación de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, y ahora salen a la luz pública las falacias de las reformas estructurales, todo en su conjunto desacreditan y deslegitiman al Presidente cuando hace un llamado a la unión nacional, y encienden el ánimo social en contra del #Gasolinazo.

 

Los desaciertos del gobierno no sólo se reflejan en el ánimo de la gente que ha mostrado su rechazo a estas decisiones, también es una percepción generalizada entre la gran mayoría de la población en México. La Encuesta Nacional de Corrupción y Cultura de la Legalidad, de la colección Los Mexicanos vistos por sí mismos (2015), elaborada por la Universidad Nacional Autónoma de México, señala que los cuatro principales problemas para la población en el país son: inseguridad 80%, corrupción 70%, narcotráfico 56.9% y hambre 27.3%, mientras que el 92% considera que hay corrupción en México[1]. Resulta una obviedad que el clima de inseguridad y corrupción en el que se ha sumergido el país en las últimas dos décadas ha propiciado gran irritación social, tan sólo el 2016 cerró con cifras superiores a 25 mil homicidios, cifra muy cercana al record histórico del año 2011 cuando se alcanzó la dolorosa cantidad de 27, 213 homicidios. Si a esto le aunamos que en el país el 99% de los delitos cometidos quedan en la impunidad, de acuerdo al Índice Global de Impunidad en México 2016, elaborado por la Universidad de las Américas de Puebla, la frustración y la impotencia social aumentan.

 

De igual modo, la irritación social aumenta al ver y vivir la pérdida del poder adquisitivo, ya que el crecimiento de ofertas de empleo y salarios, no resulta ser proporcional al del costo de las cosas en la vida cotidiana, por ejemplo entre el 16 de diciembre de 1987 y el 15 de abril del 2015 el precio de la Canasta Alimenticia Recomendable aumentó casi el 5,000% mientras que el salario mínimo sólo lo hizo en 1,000%, es decir que existe una relación de 5 a 1[2], es decir, la ciudadanía no sólo ha visto cómo crece el precio de la canasta básica o ahora de los combustibles a pasos gigantes, también observa con pesadumbre que sus ingresos están anclados.

 

Toda esta mala planeación y manejo de la economía nacional ha ocasionado que la pobreza se mantenga en los mismos niveles, mientras que en 1992 la población en pobreza en materia de ingresos representaba el 53.1%, para el 2014 significó el 53.2%, es decir en términos reales en más de 20 años el número de personas en esta situación no se movió, lo que significa que una proporción importante de jóvenes que el día de hoy tienen 24 años  nacieron, han crecido y viven en una situación de pobreza, y lamentablemente, no hay indicios de que esa situación pueda cambiar al corto o mediano plazo.

 

Todo este caldo de cultivo que se ha germinado por más de 30 años, es el que encuentra en el alza de los precios de los combustibles una razón más para catalizar la irritación, la frustración y la impotencia de las pésimas decisiones de una clase política (de los tres niveles de gobierno y los tres Poderes de la Unión) que viven ajenos a esta realidad, y que únicamente han administrado las crisis, simulando preocupación por lo que sucede entre la población, pero que en el fondo les tiene sin cuidado lo que suceda, al fin y al cabo ellos y sus familias están a salvo, es esto lo quizá de donde más se nutre el enojo por el #Gasolinazo.

 

 

 

[1] “La corrupción en México: percepción, prácticas y sentido ético”, (2015), Encuesta Nacional de Corrupción y Cultura de la Legalidad, Los Mexicanos vistos por sí mismos, Universidad Nacional Autónoma de México, p. 69.

 

[2] “Reporte de Investigación 120. México: Esclavitud moderna. Cae 78.71% el poder adquisitivo”, (2015), Universidad Nacional Autónoma de México, recuperado http://normasapa.net/normas-apa-2016/