Desigualdad bajo la piel

Por Adán de la Cruz

En México, el debate sobre la desigualdad se ha transformado: ahora está más latente que nunca. Hoy se está no sólo discutiendo en las esferas académicas, ya no sólo es interés de análisis en los ámbitos económicos o financieros. Parece ser, esta vez, que el tema ha tocado en el fondo, ha impactado en nuestra sociedad, y nos hace cuestionar a nuestro país.

 

La desigualdad ha aumentado en todo el mundo; por ejemplo, a pesar de que el nivel de desarrollo global va a la alza, la brecha salarial, un simple indicador de ingreso, es cada vez más crónica. Si bien aumentó la esperanza de vida global, el acceso a los servicios y recursos básicos es cada vez más asequible, la renta per cápita ha ido a la alza desde hace más de 7 décadas, así como otros indicadores de carácter positivo, estos indicadores generalmente no suelen decir nada de la distribución del ingreso en los Estados y, por tanto, no se registran los cambios en los patrones de desigualdad.

 

Así, por ejemplo, un aumento en el estándar de la vida promedio de las personas con ingresos más altos puede resolver que éstas se vuelven más ricas, pero oculta que el resto de las personas, de ingresos más bajos, siga en sus mismas condiciones, o incluso lo empeoren. Y no olvidemos entonces que vivimos en un mundo cada vez más desigual y con una población aumentando, y por tanto, cada vez más población vulnerable de caer en la pobreza.

 

El año pasado, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo publicó que 800,000 personas que han salido de la pobreza en las recientes décadas podrían volver a caer en ella y sumarse, de nueva cuenta, a los 1,500 millones de personas que viven en la extrema pobreza. A pesar de la ayuda internacional, más intensa ante fenómenos de creciente vulnerabilidad en ciertas regiones, la aparición de crisis económicas, efectos del cambio climático o de aparición de desastres de fenómeno natural, así como conflictos bélicos, son detonadores para lanzar al abismo a este enorme sector de la población mundial.

 

En el caso mexicano, un reciente informe que publicó la organización internacional Oxfam, titulado “Desigualdad Extrema en México: Concentración del Poder Económico y Político”, reporte liderado por el académico Gerardo Esquivel, señala que la desigualdad en México es la real generadora de pobreza en el país. El reporte es para realmente ponernos a reflexionar sobre qué clase de país tenemos, y sobre qué condiciones imperan en nuestra sociedad.

 

 

 

Bien señalan varios académicos mexicanos: nuestro país, pese a ser la decimocuarta economía mundial, está inmerso en un ciclo vicioso de desigualdad, de falta de crecimiento económico y pobreza, con 53.3 millones de personas viviendo la pobreza.

 

En nuestro país, dada la complejidad de la recolección de datos, y quizá también por la vergüenza que pasaría el Gobierno nacional, no hay cifras oficiales sobre la riqueza. Sin embargo, tanto los Coeficientes de Gini (indicadores de desigualdad) como reportes globales internacionales señalan estimaciones con las cuales solamente el 10 por ciento de la población más rica en México concentra, aproximadamente, el 64.4 por ciento del total de la riqueza del país, así como 145 mil individuos con una riqueza neta superior a un millón de dólares, sin incluir el valor de su residencia, que en conjunto sus riquezas ascienden a $736 mil millones de dólares. En una población con 121,783,280 mexicanos, este menos del uno por ciento del total de habitantes demuestra la enorme desigual distribución de la riqueza.

 

La diferencia de este reporte que señala con una mayor crudeza el panorama nacional es un cambio metodológico que supone un mejor acercamiento a la realidad. Enfocar la atención en los deciles y percentiles más ricos de los hogares, hace notar que no sólo la concentración de la riqueza, sino la concentración de la producción general de la riqueza en nuestro país genera concentración desigual, y que esta, en palabras de Oxfam, “(…) es hija de políticas de acciones públicas y no hija de una fatalidad; se trata de decisiones que determinan por afectar la concentración de la riqueza y la máxima concentración de pobreza que nuestro país tiene”.

 

Es decir, el problema de la desigualdad no sólo es económica, es también política. La desigualdad también incluirá un cambio contundente al sistema fiscal de nuestro país y una distribución más equitativa de estos. Por tanto, es urgente una nueva política social que cambie profundamente en los programas y estrategias sociales fallidos de las últimas décadas.

 

Un cambio de enfoque se necesita; es momento de dejar con políticas asistencialistas y fallidas por mitigar la profunda y extensa pobreza, se deben realizar encomiables esfuerzos para situar la política de desarrollo social en función de derechos y sectores: a la alimentación, a la educación, y a todos los sectores del fenómeno multidimensional de la pobreza.

 

No hay que olvidar que el fenómeno de la desigualdad merma el de por sí magro crecimiento económico, impacta contundentemente en la construcción de la sociedad, atentando contra la convivencia entre sectores, y peor aún, pone en severo cuestionamiento la autoridad y legitimidad del Estado, y además lo obligará, en caso de omisión e inacción, a destinar aún más recursos para encarar todas las problemáticas adyacentes a una sociedad desigual. La gente se está dando cuenta que la desigualdad se mete bajo la piel, como diría atinadamente el estudio de Wilkinson y Pickett.