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De lo que es y lo que no es terrorismo

Por Héctor Balmaceda

Desde los sucesos del 11 de Septiembre, los medios de comunicación tradicionales, la academia y las agencias nacionales de inteligencia y seguridad nacionales se han encargado de redimensionar el terrorismo. Esta práctica no es nueva, lo que sí es nuevo es el hecho de asumir otros términos y conceptos como sinónimos del primero en cuestión, algo que ha sido incorrecto desde el punto de vista etimológico, provocando, en concomitancia, el uso indebido –en ocasiones intencionalmente– de contenido sensible; ya sea para mediatizar o desinformar, incluso para generar reacciones.

 

 

El terrorismo no es otra cosa que una medida política, pues se planea, se ejecuta y se evalúa con el propósito de cambiar, mantener o erradicar alguna situación o realidad. Tiene como finalidad causar miedo, caos y sensación de inseguridad en parte o en toda la población, pues el objetivo del terrorismo es obtener beneficios políticos y/ económicos. La Comisión de Prevención del Crimen y Justicia Penal (CPCJP), dependencia de la ONU, identifica que el terrorismo tiene, entonces, dos tipos de objetivos: 1) los activos, el o los objetos a violentar, ya sea infraestructura, sistemas o a la gente misma; 2) los pasivos, las ganancias que se pretenden obtener de este miedo a generar. Hay un tercer elemento que, como es evidente en el lenguaje de este texto, debe existir: la autoridad, generalmente se trata de un gobierno, el cual deberá ser objeto de esa presión que emana del miedo, del caos y de la inseguridad de la población, y el mismo gobierno la fuente de la que se buscan esos beneficios o ganancias. El terrorismo, como escribí al inicio del párrafo, es política, radical, pero es mera política.

 

De esto partiremos a los términos y conceptos incorrectamente usados como sinónimos, empezando por el más obvio en función del texto: radical.


Lo radical, etimológicamente hablando, es aquello que pertenece a la base de algo, y se ha empleado como símil de radicalismo, que no es lo mismo.


El radicalismo es una actitud positiva hacia lo drástico en aras de modificar parcial o enteramente la base de ese algo. El terrorismo es radicalismo, pero el radicalismo, en esencia, no es terrorismo.

 

Un concepto que es favorito de los medios y las dependencias gubernamentales es el fundamentalismo. El fundamentalismo es la actitud o movimiento que busca retornar a los fundamentos, tomando como punto de partida la interpretación literal de los textos o premisas de un sistema ideológico. El fundamentalismo es radical, sí, stricto sensu; pero el fundamentalismo dista de ser radicalismo, pues no contempla medidas drásticas para retornar a los fundamentos.

 

Otro concepto recurrente es el integrismo, que es usual hallar como sinónimo de fundamentalismo. No lo es, aunque puede parecer igual. El integrismo es la actitud o movimiento positivos a la inamovilidad doctrinaria y que se opone a cualquier cambio en los fundamentos del sistema ideológico en cuestión.

 

Un concepto poco conocido, aún más vilipendiado, es el de salafismo, movimiento islámico –no confundir islámico con musulmán, no son sinónimos– que pugna por el retorno de todo musulmán a la vida según la Hadiz (el conjunto de narraciones, proverbios y frases de El Profeta) y las Fiqh (interpretaciones jurídicas del Corán), lo que conlleva a adoptar la sunna (conducta) original profesada por Mohammad (no Mahoma). Eso es todo, poco o nada tiene que ver con encapuchados en kufiyya con una kalashnikov en ristre.

 

Debo añadir a la lista el término extremismo, que se le adjudica especialmente al espectro político o a todo lo que refiera de ser político. En ese sentido, existe la izquierda extrema y la derecha extrema, no puede haber, por defecto, un centro extremo, y también puede aludir a alguna postura contraria en el polo opuesto a otra.

 

Por último y el más empleado, yihad. Originalmente, la yihad (guerra santa) no contempla el sufijo ‘ismo’, pero como ahora todo suena bien con ciertos sufijos,  han deformado la palabra. En el supuesto yihadismo no ahondaremos, pues es una invención para ampliar el escaso léxico de los opinantes profesionales y de los comunicadores. La yihad tiene dos vertientes, la personal, la guerra individual que se libra con uno mismo –si uno mismo es musulmán– con la motivación de mejorar algún aspecto de su vida, o toda la vida. La otra vertiente, la más popular, la misión comunitaria de expulsar, –¡Ojo! expulsar– a los infieles de tierras musulmanas. Si expeler a los infieles requiere violencia, no se le debe atañer estrictamente al concepto, sino a los seres humanos que libran esa guerra, guerra que poco concierne a los conflictos armados del Oriente Medio.

 

 

El terrorismo es, per se, una medida política condenable, deleznable, repugnante, y puede estar preñada de un bagaje doctrinal, ideológico, y hasta religioso; pero no es sinónimo de lo que hemos abordado en este texto y menos exclusivo de todo lo relativo al islam y a los musulmanes.