El Papa y el Estado no laico

Por Héctor Balmaceda

La visita de Su Santidad, el Papa Francisco I, se antoja como todo un acontecimiento, porque será la primera vez que el otrora cardenal, Jorge Mario Bergoglio, visitará México investido como la máxima autoridad del Catolicismo alrededor del orbe; pero no es sólo por esto, tanto revuelo. Entre una horda de detractores a su visita y un mundanal de fieles que hacen de “México, siempre fiel” (parafraseando a su fallecida Santidad, Juan Pablo II), el punto toral de la polémica descansa en una premisa: El Estado laico.

 El problema se identifica en la dicotomía que genera dicha premisa, mezclada con la idea de que en México hay un Estado laico, pues, desde la formación académica más incipiente, hemos sido bombardeados con esta falacia al punto de creerla como cierta. Permitiéndome ser categórico, pero nunca esencialista, México no es un Estado laico. Es más, ningún Estado del planeta lo es. No digo que sea, por consecuencia, un Estado religioso, sólo se debe entender que la laicidad es lo mismo que la secularidad, es decir, irreligioso (que tampoco significa antirreligioso).

 

Es usual que se confunda la figura del Estado con la del gobierno, llegando al gravísimo error de considerarlos sinónimos. Reitero, esto es un craso error. Vayamos por partes: 1) El gobierno es aquella estructura administrativa de carácter público que contempla, para su funcionamiento, una parte de la población nacional laborando en éste, y que cuenta con protocolos, procedimientos y funciones para disponer (según la forma de gobierno y el régimen político adoptados para gobernar) de todo lo que concierna a y para la existencia, prosperidad y perpetuidad del Estado. Esta definición es propia y está sujeta a discusión y cuestionamientos. 2) El Estado es, coloquialmente hablando –escribiendo–, ‘la suma’ de un territorio definido por límites y bordes, contemplados en el Derecho Internacional, con población, gobierno y soberanía. Aunque hay más elementos que dan vida al Estado, nos quedaremos con estos cuatro, de principio.

 

Teniendo en cuenta las partes fundamentales del Estado, centrémonos en la población:
ese elemento que no es más que gente, gente con costumbres y tradiciones, con idiosincrasia y creencias, elementos que forman a la, o a las culturas desarrolladas por la población, elementos de entre los que figura también la religión, o religiones. Si la religión es un elemento cultural y la gente (población) es, intrínsecamente cultural, pues de ‘ella’ surge la cultura; ergo, la religión forma parte invariable del Estado.

 

 

Es entonces cuando resulta contradictoria la premisa del Estado laico, pues en realidad no lo hay. Es tan falaz como la existencia de un Estado ateo o uno agnóstico. Lo que es laico en un Estado ‘laico’ son los procedimientos, protocolos y funciones gubernamentales. Es, por tanto, que el gobierno es laico; no el Estado. Podrá haber diferentes lecturas sobre líneas discursivas del gobierno mexicano respecto a la materia o material académico que ponga en duda lo que escribo, pero es un hecho, y sí, vuelvo a ser categórico. Es tan sencillo como que los seres humanos tienen espiritualidad, tienes sistemas de creencias, dogmas, sistema de valores, idiosincrasias y hasta religiones que profesan; y son los seres humanos, seamos agnósticos, sean ateos o sean religiosos, la piedra angular de los Estados. ¡Vaya! Su raison d’Etat por excelencia.

 

La visita de los Papas, a diferencia de cualquier otro líder religioso, es que son también jefe de Estado. No pasa lo mismo con su Santidad, Dalai Lama, quien es líder religioso del Budismo y del Lamaísmo, pero que no es reconocido como jefe de Estado del Tíbet.

 

Ya sea que arriben en la modalidad de visita de Estado o para reafirmar la fe católica, es innegable que vendrán con un adalid oficial en ristre y con una bandera subyacente, la cual siempre debemos de estar atentos, pues los Sumos Pontífices son dualidad entre jefes de Estado.