Ayotzinapa, el dolor compartido

Por Adán de la Cruz

Porque Ayotzinapa no sólo cimbró a México, conmocionó a gran parte del mundo.

 

Sin duda, México es un actor relevante en el escenario internacional. Con una economía pujante, un mercado emergente y, en algunos mercados, un sólido destino de inversiones, así como una potencia del turismo internacional, nuestro país está en la mira del mundo y es uno de esos países a los cuales la gente siente una afinidad y simpatía.

 

No obstante, nuestra nación está viviendo en los últimos cinco años, una serie de situaciones de dolor que, fuera de nuestro país, dañan la imagen, cuestionan la legitimidad del Estado, y reflejan el predicamento que nuestra sociedad enfrenta cada día al sobrellevar (y sobrevivir) a veces, al brote de violencia, inseguridad, y la tremenda desigualdad que se tiene como modus vivendi de nuestro México.

 

Hacer un juicio de la opinión que se tiene sobre México tras lo sucedido el 26 de septiembre de 2014 es también una oportunidad para continuar abriendo una herida difícil de sanar. Y, vamos, a cualquier persona le duele que fuera de su entorno se le vea tan golpeado a su hogar, transmita tanto daño y se le vea tan endeble a su patria.

 

El caso Ayotzinapa, como bien diría el Dr. Sergio Aguayo en la entrevista que le realizó Metrópoli Digital, reflejó la omisión y perversión del Estado y la presencia del crimen organizado en las esferas de poder y decisión en nuestro país.

 

Ayotzinapa es un mero ejemplo, un mero indicador de algo más profundo, de un algo que empezó a gestarse hace varias décadas. Ese “estado paralelo” donde el gobierno que se posiciona y legitima en las urnas no ejerce la autoridad ni el uso de la violencia. Ayotzinapa mostró el desinterés que ha tenido el Estado mexicano por las víctimas de esta situación; y ha sido la exhalación de dolor más profunda que se recuerde en mucho tiempo.

 

La documentación de los sucesos con los normalistas es la muestra del descontrol de la violencia por parte del Estado. Y es la muestra del México que los ojos del mundo ven, y que ha sido ampliamente documentado y difundido por diversas partes del planeta.

 

 

Ayotzinapa ha dejado serias lecciones no únicamente en el periodismo en el mundo, también ha sido una marca en la forma de construir opinión y de generar empatía en el mundo. No hay manera de abordar el suceso, de leer los relatos, de observar las fotografías, sin sentir el dolor. Lo recabado por la prensa provoca una empatía distinta, más espinosa que en cualquier otra tragedia sucedida.

 

Es además una huella indeleble en la imagen de México. Los grandes medios internacionales, las grandes cadenas de diversas partes del mundo, pusieron los ojos en México, y México compartió ese dolor tan profundo, y lo llevó a todos.

Al final, Ayotzinapa fue también un grito común de dolor, y de búsqueda de justicia. Y es que vaya, el transcurso de la historia de la humanidad es también una historia forjada a base del sufrimiento, y justo las experiencias nos han dado las concepciones actuales de bienestar y progreso. Las experiencias de dolor nos hacen caminar, avanzar, protestar y mejorar para tratar de no repetir la historia, para buscar que lo cruento de la vida no vuelva a existir jamás.

 

Ayotzinapa captó la atención no por la calidad ni amplitud de las columnas en medios internacionales, y no generó sensacionalismo ni banalización de la tragedia; Ayotzinapa no fue un típico material para rellenar las páginas, saturar los blogs, para correr la tinta. No, este suceso en nuestro país fue un motor para unir a las voces del mundo, para protestar por la sed de justicia que no sólo hay en México, sino en todo el mundo, para abrir los ojos y demostrar que esto que pasó en nuestro país no es sino el común de varias historias de terror que ha vivido nuestro mundo.

 

En este mundo actual, lleno de cosas “virales” y un tanto efímeras, con personas, videos, frases, que resultan fugaces y, hasta cierto punto, desechables, hay cosas que resaltan y se quedan en el inconsciente colectivo en el mundo. Ayotzinapa llegó para quedarse y para tenerse en cuenta. Lo ocurrido con los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos resultó ser un espejo desde el cual se nos mira a nosotros, y desde el cual nos reflejamos hacia afuera.

 

Pensar en la imagen que México adquirió por Ayotzinapa no es sólo recordar a las agencias internacionales documentar desde septiembre de 2014 hasta el presente; va más allá: es recordar que México ha enfrentado severos retos que han cuestionado su bienestar, es poner en la balanza lo que hemos hecho como nación y el destino que le estamos dando a este país.

 

 

Se sabe que cuando releemos una obra, nos releemos también a nosotros mismos. Hay obras, momentos y episodios en nuestra vida que llegan y marcan un antes y un después; que se vuelven tan vivos que pareciera que siempre estarán, que nunca se irán, que siempre generarán las mismas sensaciones, y se tornan en la memoria episodios imborrables. Así como recordamos ciertos momentos, ciertos dolores, ciertos placeres, ciertas fechas, nuestro México ha atesorado otra fecha más para recordar; recordar con ese dolor de la más sufrida derrota, de la más angustiante pérdida, de la más difícil decepción, el 26 de septiembre de 2014 y, de la mano, el mundo se empatiza a nuestro dolor, a nuestra memoria.