Europa y su des-unión

Por Adán de la Cruz

La Unión Europea (UE) está viviendo momentos sensibles en su historia. Actualmente, con 28 miembros, la asociación política y económica, desde distintos frentes, presenta una enorme serie de desafíos que ya cuestionan el proceso de integración e incluso la viabilidad de la propia Unión.

 

Temas que recorren la situación económica de algunos países, la fluctuación y especulación del Euro y de la Eurozona, el avance de movimientos antieuropeos, la posibilidad de independencia de comunidades autónomas como Cataluña, así como la creciente y en boga crisis migratoria y de refugiados, son sin duda retos que nunca antes la comunidad europea tenía que hacer frente.

 

Es claro que la Unión está buscando medidas urgentes, y está actuando en pos de ello. Tras los escándalos de las semanas pasadas, se han abordado, tanto de manera ordinaria como extraordinaria, reuniones donde se están abordando las diferentes crisis habidas en la región, para poder mantener a flote tanto a la Unión Europea, como la estabilidad aún mantenida en diversos países miembro.

 

Sin duda, el principal problema, actualmente, más allá de todos los problemas descritos arriba, es la crisis institucional que enfrenta la Unión Europea. Hoy en día, la comunidad internacional y los propios miembros del a UE han dejado de ver a esta organización como una fuerza capaz de resolver sus propios asuntos.

 

Los problemas, “sin precedentes”, como afirman varios funcionarios de gobierno europeos, sólo han hecho desnudar la incapacidad que ha tenido en los últimos años la UE de resolver los problemas, atender las prioridades, y en muchos casos, verse atado de manos frente a las fuerzas e injerencias que han sufrido.

 

 

Los Tratados que dan sustento a la Unión están rebasados, sin duda alguna; los parlamentos y órganos legislativos en los Estados-miembro están desvinculados ya de los intereses que persigue la UE; los órganos centrales, tanto políticos como económicos europeos, han perdido fuerza como el rector de Europa. Este enorme vacío de autoridad, que también se refleja en el agotamiento de la fuerza de los líderes políticos europeos, ha dejado en evidencia la debilidad de la Unión Europea frente a los desafíos que cada vez más parecen crecer como aludes.

 

No necesitamos recordar Grecia para poner en evidencia a la integración europea. Baste poner el ejemplo de las últimas noticias que nos llega del Viejo Continente para poder comprobar estas aseveraciones. El tema de la crisis migratoria es el máximo ejemplo de las crisis europeas, donde la institucionalidad, la incapacidad y el “espíritu europeo”, se ven perdidos. En las últimas 72 horas, 71 personas muertas por asfixia en un camión frigorífico en el este de Austria; una camioneta encontrada, en ese mismo país, con 26 refugiados, entre ellos tres niños, en estado grave de deshidratación; 221 inmigrantes en Italia encontrados en dos lanchas inflables en costas libias, en lamentables condiciones.

 

Hungría, que ha levantado una valla de 175 kilómetros contra los inmigrantes, que ha llenado de militares para controlar su frontera, aunado a la crisis que los mismos migrantes “cargan” por ir huyendo de los conflictos en Siria, Irak y Afganistán, y más recientemente los disturbios contra los miles de refugiados en el tren de Budapest, consolidando con ello el mayor movimiento migratorio en el continente desde la Segunda Guerra mundial, son el gran cariz dramático y caótico que enfrenta actualmente la Unión.

 

Baste decir que, de acuerdo a cifras de la Organización Internacional de las Migraciones, más de 350 mil personas en 2014 han intentado cruzar el Mediterráneo. 2,643 más fallecieron en el intento. Y sin duda, los números seguirán aumentando. Bien tiene razón Mariano Rajoy, el presidente del gobierno español, diciendo que esta crisis migratoria, donde apenas estamos viendo un comienzo de este terror, será “el mayor desafío para Europa” en los últimos años.

 

Y es que este fenómeno, obviamente multidimensional, desata otros fenómenos, tales como el brote de movimientos nacionalistas de tinte xenofóbicos, y una clara división en la Unión Europea para el control y “distribución” del problema migratorio, tanto para los inmigrantes, como las medidas que próximamente establecerá para los que sin papeles ya pisan territorio europeo. Recordemos que el caso no sólo toca Hungría; Italia, Grecia, España, Francia, son los más importantes receptores de migrantes.

 

Todos estos problemas evidencian, exhiben, desnudan, la principal crisis política, institucional y de identidad más grave que ha sufrido la Unión. Sin duda el reto más importante, más allá de la fuerte observancia fiscal en ciertos países, más allá de la citada crisis de inmigrantes, o la consolidación de comunidades autónomas, es poder recuperar su legitimidad como institución, y recobrar el sentimiento europeo en el interior de los países.