Máscaras

Por Israel Ramírez y Armando García

Desde antes de la época paleolítica, o conocida comúnmente como la Edad de Piedra, independientemente de la parte del continente en que se viva, la tradición de las máscaras se extiende a lo largo de África, siendo muestra importante de la vida de sus habitantes.  

 

Las máscaras están hechas de una variedad de materiales como piedra, madera, metal o marfil, aunque las más comunes suelen ser arcilla. 

 

La máscara es arte con  base en la estética y el cuidado de los detalles hechos a mano, mas no se hizo para ser decorativo, sino que son la representación simbólica de fuerzas destinadas a una función social misma que está al servicio del individuo, de la familia y de la colectividad con la que se identifican, protegen y facilitan los favores en las peticiones que se les hacen éstas; y dignifican, como si fueran la versión cristiana con la devoción a los santos, siendo las mismas máscaras las que se autentifican en las ceremonias para las que ser usadas, al tiempo que ofrecen una función reguladora en la vida de los poblados. 

 

Entre signos y elementos inscritos en las máscaras, converge el diseño de los artesanos que buscan dar el enfoque más claro en sus piezas; por creencia tradicional, las fuerzas superiores como dioses y espíritus se instalan en la máscara para que las personas puedan contemplarlas.  

 

 

Generalmente, las máscaras se utilizan en ritos enfocados a atraer mayor abundancia en los campos, como también en rituales funerarios así como en festivos e iniciatiaticos, en los que participan hombres del poblado que además toman parte en las tareas de la comunidad.  

 

Su participación varía en el modo, importancia y la intensidad de una cultura a la que están vinculados con significados rituales: el nacimiento, la pubertad y circuncisión, el matrimonio y la vuelta al mundo de los antepasados con la muerte, durante los rituales de iniciación, y con motivo de otros eventos con ritos en los que se rinde culto a los antepasados y a la tierra, purificaciones de objetos y seres. Además se les hace ofrendas y sacrificios, e incluso se las entierra siguiendo un rito apropiado cuando sus funciones terminan y pierden su carácter sagrado. 

 

También podemos encontrar las máscaras africanas en representaciones artísticas como el teatro y la danza.  

 

La mayoría de los Estados de África Occidental nunca han autorizado la exportación de máscaras «auténticas». Una resolución adoptada por la UNESCO prohibía desde principios de los años 1990 sustraer las máscaras y estatuas de África para una futura venta. 

 

Aunque estas resoluciones han dejado mucho que desear, puesto que el arte africano se encuentra entre los mayores valores traficados que salen del continente africano con dirección al Sureste Asiático. 

 

Las máscaras no son propias de una cultura o de una religión, pero sí son muestras de sociedades en peligro de desaparición, de usos y de costumbres que están llegando a su fin debido a la nula información que se les da a rasgos culturales más allá de nuestras fronteras. 

 

Bantú, Hutus, Tutsis, Turkanas, Zulus, Mursis, o Dinka… si ninguna una es dueña de algún rasgo en común como lo son las máscaras, puertas a una mayor comunión de con sus deidades, entonces, ¿qué hace pensar al resto del mundo que puede ser dueño de culturas ajenas?