El comercio: pasado ¿y futuro? de Asia Central

Por Jorge A. Nieto

El comercio siempre ha sido fuente de riquezas, pero solía ser muy diferente a como es ahora. Un vistazo a cómo era antes y los efectos que tuvo en Asia Central nos revela que esas diferencias podrían volverse claves en cómo el comercio afecta la vida de los habitantes de regiones enteras.

 

En una época no muy lejana, viajar era una actividad peligrosa: los océanos estaban llenos de piratas, los caminos infestados de bandidos, volar era aún un sueño sin realizar. La dificultad de llegar a lugares lejanos hacía que los productos que sólo se podían encontrar en confines aislados de la tierra fueran extremadamente valiosos y, por lo tanto, el comercio era una actividad increíblemente lucrativa. Además, estaban las ideas. Los viajeros llevaban sus oficios, estilos, gustos y formas de vivir, la religión a los lugares a donde iban y, quizá más importante, a los lugares donde se detenían en el camino.

 

Los descubrimientos de la arqueología más reciente indican que las grandes caravanas llenas de especias, sedas, joyas y metales preciosos eran más la excepción que la regla. Mucho del comercio en las grandes rutas terrestres del mundo era a pequeña escala. Productores locales llevaban el fruto de su trabajo a las ciudades, donde algún intermediario bien conectado las compraba y enviaba a donde él tuviera contactos y estimara que podía obtener más ganancias. Pero estas transacciones ad hoc hacían que abastecerse de provisiones y seguridad para viajes largos fuera incosteable. El viaje de China al Mediterráneo tomaba varios meses, a través de montañas nevadas, desiertos abrasadores, praderas gigantescas y muy probablemente muchos bandidos en el camino.

 

Los comerciantes y viajeros tenían que parar durante largos periodos de tiempo en las ciudades por las que iban pasando. Visitaban las cortes y bazares para vender ahí parte de sus productos y comprar otros, siempre en la búsqueda de lograr algún negocio y seguir su camino. En esas ciudades se desarrolló un sistema de servicios alrededor del comercio, como posadas, bodegas y prestamistas.

 

Con los vaivenes de la política, algunas de esas ciudades se convertían en capitales de los numerosos pequeños reinos que existían y los monarcas, en su afán de proyectar una imagen de gobernantes justos, patrocinaban la construcción y mantenimiento de templos y obras públicas que embellecían a las ciudades y facilitaban el tránsito a los comerciantes. Muchas veces estos mismos reyes patrocinaban a los viajeros, dotándolos de provisiones, mercancías y artefactos que aseguraran que el gobernante de la próxima ciudad en el camino los recibiera.

 

Conforme se iban concentrando más y más actividades en estas ciudades, se convertían también en lugares donde artesanos y sabios se congregaban, atraídos por el patrocinio de aristócratas y mercaderes. Contribuían así a la riqueza de estas ciudades. Los recursos permitieron la construcción de bibliotecas, observatorios y enormes palacios para albergar y producir riqueza material e intelectual. Muchas grandes obras de literatura, matemáticas y astrología se escribieron en estas ciudades. Los Rubaiyat de Omar Khayyam, tan apreciados que Edward Fitzgerald hizo una traducción de ellos, son un ejemplo notable de los frutos culturales de estas ciudades. 

 

Pero la prosperidad no estaba asegurada, el porvenir era incierto para todas estas ciudades. Eran tiempo de saqueos y destrucción de ciudades completas en tiempos de conquistas. Los reinos se debilitaban al quedar en manos de gobernantes incompetentes y siempre había contendientes dispuestos a tomar la oportunidad de obtener riquezas y poder al conquistar y saquear estas metrópolis donde la riqueza se concentraba. Muchas ciudades se convirtieron así de influyentes centros urbanos a pequeñas e irrelevantes capitales provinciales. Incontables documentos y obras de arte se perdieron en el fuego de la conquista y la intemperie del abandono.

 

Aunque el golpe de gracia a estos monumentos de pluralidad y riqueza vino de miles de kilómetros a la distancia, con el advenimiento del transporte barato y seguro por mar. Conforme los europeos desarrollaban nuevas técnicas para construir y manejar barcos, se volvió más rentable llevar las mercancías por mar que hacerlas atravesar las enormes y difíciles extensiones de Eurasia por tierra. Así, el flujo de ideas y bienes que pasaba por las grandes ciudades de caravanas de la antigüedad se detuvo y el comercio se dirigió a los puertos. Las otrora capitales culturales del mundo fueron abandonadas. Sabios y mercaderes se fueron, dejándonos sólo vestigios, aunque grandiosos, de otros tiempos de prosperidad.

 

 Pero puede ser que estas ciudades resurjan de las cenizas. Recientemente, la diplomacia china empezó a promover la idea de una “Moderna Ruta de la Seda”, un proyecto para conectar el Este de Asia con Europa por tierra, construyendo caminos, vías de tren y oleoductos. Pero las circunstancias son otras. Con los nuevos métodos de transporte, las estaciones en el camino ya no son tan importantes, las transacciones se hacen en Tokio, Shanghai, Frankfurt, Londres y los otros grandes centros financieros, ya no suceden en los bazares y palacios de la aristocracia local. Los intelectuales son atraídos por las universidades prestigiosas más que por el mecenazgo de gobernantes con el gusto y la necesidad de promoverlos. Sin duda, la iniciativa China traerá riquezas y desarrollo a la región, pero aquellos días de ser la cúspide intelectual del mundo quizá no volverán.

 

En la imagen, arquitectura de Samarcanda, alguna vez capital de un gigantesco imperio y paso fundamental en la ruta de la seda (por Mariusz Kulniak)