Entendamos a la narraturgia

SiBrenda Mítchelle

La narraturgia es motivo de polémica entre los puristas del teatro y los “avezados”, también de fuertes discusiones y, quizá, de pérdidas de amistades superfluas (por aquello de las creencias). ¿Qué pasa con los advenedizos que osan transformar a la dramaturgia en otra cosa, y aquellos que atentan contra la escena? Diría yo que lo preguntan por no querer reconocerla antigua, aunque ésta ha estado presente desde hace más tiempo que nosotros mismos (hablo de los que ahora existimos). Tal vez la cuestión sea la palabra en sí misma, salida de los labios de Sanchis Sinisterra (a quien se le adjudica el término), dramaturgo español (dramaturgo, recalco).

 

 «El término «narraturgia» cuya invención se me atribuye, nació probablemente de un lapsus en alguno de mis seminarios, en los que, efectivamente, me refiero muy a me-nudo a las fértiles fronteras entre narratividad y dramaticidad. Y muy especialmente cuando me ocupo de la ‘dramaturgia de textos narrativos’, que constituye no sólo uno de mis temas preferidos, sino también un segmento considerable de mi propia práctica autoral» 

José Sanchis Sinisterra

 

La narraturgia es la combinación (mejor dicho, la fusión) entre el género dramático y el narrativo: narrativa y dramaturgia, que es el modo correcto de nombrar a los textos hechos para la escena. “Narración, relato y drama, diálogo y cuentito” según la define Olmos de Ita en uno de sus artículos.

 

“El teatro también se lee” es un maravilloso slogan de la Feria del Libro Teatral. Entonces el texto ya “es”, por supuesto. Se pretende que un texto dramático sea justo para representarse, que esa sea su utilidad y su único fin, y se comprende perfecto, pero resulta que el texto es un fin en sí mismo. Uno puede pasarlo a la escena y verificarlo, claro; pero ya es algo hecho, terminado. Se puede comprar un libro y leer a Sófocles o a Ibsen o a Ricaño y comentarlo o discutirlo con alguien que haya visto alguna puesta en escena de sus textos, apropiárselo y ver a los personajes sin necesidad de presenciarlo en escena. Es esa la maravilla de la escritura.

 

 

Lo que sucede con el fenómeno es que los directores ejecutantes no saben qué hacer con un texto así. ¿Qué hace uno cuando la palabra parece decirlo todo? Porque, si ese es el punto, me leo una novela o un cuento y todo lo imagino. ¿Cómo pongo esto en escena?, ¿dónde están las acotaciones? Hay que decir que existe la tendencia de eliminarlas por no romper un código de ficción en el texto mismo. ¿Por qué romper con el universo al que uno mismo apela, el que uno mismo crea? esto último lo explica Luis Santillán, también dramaturgo y uno de los hacedores y directores en México del asunto. He aquí otra verdad: la narraturgia precisa de directores creadores y no de llanos ejecutantes; es un reto y constituye una auténtica aventura llevarla a la escena.

 

Escuchar el tren de pensamiento de un personaje oferta maravillosas posibilidades; además del diálogo, intercalados, fundidos, hechos uno. Es una delicia que entrega fuerza, porque escribir los diálogos no resulta tan complicado, pero a un buen narrador es mucho más difícil encontrarlo. ¿Qué tal alguien que reúna ambos?

 

 

 Lo que se dice  al respecto y lo he presenciado (yo misma he discutido el asunto) es que la tendencia de la narraturgia es desaparecer, porque es una moda joven, de “jovencitos que se quieren sentir innovadores, que quieren hacer cosas raritas”. Este pensamiento es tan sólo una muestra de la reticencia y la falta de información sobre una forma de escritura ya antigua.  Lo que sucede es que ahora se hace más evidente porque algunas obras tienen cargas más fuertes hacia la narrativa que hacia el diálogo. No desaparecerá porque existe desde hace mucho; ahora permanece, pero con un nombre que la coloca bajo los reflectores para hacerse cargo de ella.

 

 La verdad es que la teatralización de la narrativa abre los horizontes de la escena, que es, desde hace mucho y le pese a quien le pese, el lugar en que todas las artes convergen, después de todo.