Naca la lengua: el origen de la palabra naco

Por Josué Emiliano Palau

 

Naco, solemos murmurar al borde de la frustración cuando ese vecino incómodo del departamento de enfrente opta por escuchar (por tercera noche consecutiva desde el inicio de las posadas) ese estilo de música tan característico por sus estridentes trompetas (o sus letras machistas, o sus cantantes con severos problemas de pronunciación, qué sé yo) a todo volúmen, siendo que es domingo, son las doce y media de la noche y a diferencia de él tú sí tienes que trabajar.

 

Naco, solemos decir entre dientes cuando llegamos a la boda de la lejana prima política a la que te invitaron, cuando te encuentras con que su hermano menor (¡sí, el hermano menor de la novia!) llegó con su camiseta sin mangas, su gorra plana volteada hacia atrás, unas bermudas de color extravagante y sus dos cadenas doradas al cuello, una de San Judas y otra del cantante de reggaeton del momento (aunadas al casi cegador arete rosado en su mejilla), y por si fuera poco se atreve a barrerte con la mirada cuando entras a la iglesia y alcanzas a captar que le dice a la muchachilla de ojos blanquizcos de al lado, un comentario sobre tu corbata de “abuelito” o tu vestido de “mojigata”.

 

Naco, esa popular expresión de tintes ofensivos que tan bien integrada está a nuestro lenguaje cotidiano, una palabra que utilizamos muchas veces sin quererlo, en nuestras casas, trabajos, escuelas y parques al encontrarnos con ese típico personaje desbordante de “folklore”, tan característico como incómodo, que rompe con nuestros parámetros (propios o comunitarios) de lo que el buen gusto debe ser. Sin embargo ¿cuál es el origen de este “adjetivo” de dominio popular?

 

En los sinuosos caminos de la lingüística, más específicamente de la etimología, de pocas cosas se puede tener certeza absoluta. Muchas veces el origen de las palabras y expresiones que usamos más comunmente es más lejano o complejo de lo que pensamos, y otras tantas es fácil toparse con una encrucijada que nos presenta varias alternativas de caminos que seguir. La palabra naco es un claro ejemplo de ello.

 

Decía el más que célebre cronista de la Ciudad, Carlos Monsiváis, en su Estética de la Naquiza, artículo publicado en 1976 en la revista Nexos:

«A finales de los cincuenta y a principios de los sesenta se desentierra en la ciudad de México una ofensa quintaesenciada, naco, voz aplicada con insolencia creciente […] aféresis de totonacos, la sangre y la apariencia indígenas sin posibilidades de ocultamiento».

 

Ahora que si lo que buscamos es una fuente más ortodoxa, la Real Academia Española (sí, la muy querida deformadora del español) no es ni siquiera más ilustrativa, y define la palabra naco como puré de patata, excremento sólido e indio por igual, siendo que ninguna de estas definiciones se acerca en demasía a la concepción que solemos darle en realidad.

 

Cierto es que la sociedad mexicana es una sociedad cuyas expresiones suelen contener un velado elitismo, y que nuestra creatividad parece prestarse óptimamente a la creación de insultos y palabras ofensivas o denigrantes desde un espacio que suele catalogarso como cómico. Nuestra sociedad es, pues, una sociedad acostumbrada (y dedicada con morboso placer) a la mofa. Sin embargo, si quisieramos retomar un poco de las definiciones que nuestro ilustre Monsiváis y nuestra ya no tan ilustre Real Academia nos obsequian, y quisieramos con ello asociar el termino naco con el hecho de gozar de una apariencia inescrutablemente indígena tendríamos que aceptar que la definición actual que le concedemos al término naco difiere en muchos sentidos del solo reconocer en una persona “apariencia indígena sin posibilidades de ocultamiento”, retomando de nueva cuenta lo dicho por nuestro querido cronista.

 

Analicemos la palabra en cuestión con mayor atención. Si de algo podemos estar seguros es de que es una palabra de aparición reciente, aunque ciertamente su origen puede ser más remoto de lo que se cree.

 

Si buscamos palabras fonéticamente similares, en diversas lenguas prehispánicas, podemos encontrar por ejemplo, que hay lugares dentro y fuera de México que tienen un nombre con una semejanza más que curiosa. Nacozari, en el estado de Sonora, es el ejemplo ideal. Nacozari en lengua ópta significa, de forma literal, “lugar en el que abundan los nopales” o “lugar con abundantes nopales”. Ahora, también hay poblaciones, tanto en Estados Unidos como dentro de la República Mexicana, que se llaman simple y llanamente Naco, que traducido tal cual al ópata significa “nopal” o “nopales”. Tenemos pues una nueva alternativa en esta encrucida etimológia en la que nos hemos metido.

 

Una de las tantas expresiones que el mexicano ha ingeniado para referirse a personas con marcados rasgos indígenas o autóctonos es, ni más ni menos, que “tiene cara de nopal”. De esta forma podríamos perfectamente a aventurarnos a afirmar que esta expresión puede estar relacionada de forma directa con la palabra naco, respaldando la tesis que tanto Monsiváis como la Real Academia nos han impulsado a formular a lo largo de la lectura.

 

Ahora que si lo que deseamos es buscar el origen de la palabra naco en lenguas o idiomas distintos al español no podemos evitar dirigir nuestra atención a algunos idiomas extranjeros. El irlandés, por ejemplo, hace uso de el término knacken para definir a los individuos vulgares o de mal gusto. Y lo cierto es que no poco se puede decir sobre las numerosas migraciones de irlandeses a México desde antes de que tuviese este nombre ¿podríamos entonces suponer que nuestro querido salvavidas al momento de viborear, como buenos mexicanos que somos, encuentra su antecedente en el irlandés? Es decir, al fin y al cabo el español mismo es una muy bien nutrida mezcla de idiomas de todo el Globo.

 

Finalmente ofrecemos a usted, nuestro muy estimado lector, los resultados obtenidos en el último recurso consultado. Si uno revisa un diccionario de sinónimos en busca de la palabra naco (ya sea en línea o a la antigüita, de forma presencial) encuentra como único sinónimo la palabra hortera, que según el mismo diccionario de la RAE tiene por definición “adjetivo para referirse a alguien vulgar y de mal gusto”.

 

Teniendo pues todas estas definiciones, conjeturas y revolturas en nuestras manos,  nos toca ahora a nosotros definir la verdad. Menuda cosa. Por un lado tenemos la hipótesis de que naco significa, sin más preámbulos, un incómodo y discriminativo sinónimo de indio o indígena. Por otro lado tenemos la opinión de que no es más que un adjetivo, con origenes poco esclarecidos más allá de lo que nuestro no tan hermano idioma irlandés nos ofrece, para referirse a las personas vulgares o carentes de buen gusto, idea que ciertamente encaja un poco más con las concepciones que desde la mundanidad de nuestro devenir cotidiano solemos darle.

 

Al final de mi larga búsqueda mi conclusión es esta: muchas veces a las palabras no las hace su origen, si no su uso y validez en la memoria colectiva actual. Podrá derivar de mil y un rincones obscuros de la etimología del español mexicano (porque sí, lo hay, y es único), sin embargo nada dota de mayor realidad y consistencia a una palabra que la definición que le damos desde la cotidianeidad, aún así no coincida con la o las definiciones originales de la palabra. Y no se trata precisamente de un error, es más bien una consecuencia de la evolución que todo idioma sufre con el paso del tiempo.

 

Esa es la maravilla de las lenguas, se construyen desde la boca de quien lo habla. Y no quiero decir con esto que las faltas ortográficas o gramaticales sean correctas, sino que una lengua le pertenece a sus hablantes, para bien o para mal. Todo esto da origen a un ideario cultural, que es al fin y al cabo lo importante, porque la cultura es identidad y se vive y siente.

 

Naco es y será, con todo y todo, ese adjetivo recurrente del que nos colgamos para criticar, y si de lenguas se habla, valga la redundancia, muchas veces las normas de comportamiento o la moral no tienen cabida. En todo caso su hablante decidirá, tal como lo ha hecho hasta ahora.