Lo que el grito y el desfile nos dejaron

Por Héctor Balmaceda

Fue el desfile militar de este 16 de Septiembre lo que ‘salvó’ la imagen del poder ejecutivo, pero no por haber sido un desfile de orgullo –no me siento orgulloso de las fuerzas armadas mexicanas–, sino por haber sido, a mi parecer, el más ostentoso y por ende, el más caro en la historia. 


Empecemos por la conmemoración del Grito de Dolores, la cual ha sido vergonzosa no solo por los nefastos acarreados del Estado de México (Edomex) que se prestan (venden) a ello para cubrir la poca audiencia de un acto que va en declive, sino porque este ya perdió sabor. 


Parafraseando a Alberto Ortíz, parte del cuerpo directivo de este medio, a Enrique Peña Nieto le hace falta ganas, sentimiento y orgullo. Lo mismo que le faltó para realizar una tesis como se debe, exactamente lo mismo. Como diría mi buen amigo:

 

“El pronunciamiento de la arenga tiene que ser con fuerza, no la lectura de un discurso más. No se trata de mover de izquierda a derecha la bandera, sino de ondearla y dejar que luzca por sí sola. Qué vergüenza que el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas no lleve a cabo el saludo como se debe, es decir, con gallardía, rigidez y fuerza. Le queda muy grande ese puesto al señor de Atlacomulco.”

 

Enrique Peña Nieto, quien es presidente del poder ejecutivo (no presidente de la República) es un personaje circense que no tiene el carácter suficiente, que posee un espíritu guango, además de mostrar una personalidad diluida. Ya lo demostró ante Trump. Tan solo este personaje tiene a su disposición 48 asesores en materia de política exterior [¿De qué le sirven?]. Eso sí, entre todos, cobran 58 millones anualmente. 


Si a sus asesores de política exterior no les hacer caso, menos a los de imagen y relaciones públicas; eso sí, no se le mueve ningún cabello del copete, ni una vez en lo que va del sexenio, sumando la campaña electoral y su gubernatura en el Estado de México. 


Los anteriores mandantes del PRI eran corruptos –y lo que diga a continuación no es dispensa de lo anterior–, pero al menos sabían las formas, las cuidaban y las respetaban. 


Con respecto a su familia, la respetadísima familia presidencial no es otra cosa que una familia sin clase; de hijos subidos en un tabique, clasistas y petulantes, de una primera dama vedette.

 
En palabras de Diana Nuño, colaboradora de este medio:


“Cada vez es peor, cuatro años de gobierno de Peña, cuatro años de un grito de Independencia que no transmite nada. Un presidente acompañado de puro acarreado, Sin protocolo, hipocresía pura. La primera dama más vulgar que ha tenido México.”

 

No es posible que familia tan indisciplinada y desabrida sea homenajeada como si se tratase de una monarquía, como una familia real, venerada todo el mes de Septiembre, desde al día del presidente (el 1 de septiembre, día en que se rinde el Informe de Gobierno) hasta el 16. 


Ahora pasemos al desfile, el cual, como mencioné, no me genera orgullo; pues cómo sentir orgullo de un ejército que no tiene vocación hacia el exterior, cuyos efectivos sirven de sicarios para el gobierno, tanto federal como para los estatales. Cómo sentir orgullo en un desfile que exhibe la precaria y obsoleta maquinaria bélica, de tecnología caduca. 


¿Creé usted, lector, que si México debiese emplear las Fuerzas Armadas (FF.AA.) para iniciar una guerra preventiva o para defender la integridad territorial y poblacional, esas serían efectivas? Yo no lo creo y no me siento protegido, ni por el Ejército, ni por la Marina, menos por la Fuerza Aérea. 


Los desfiles militares, como los de Corea del Norte, de India, de Pakistán, de China o de Rusia, tienen un cometido: demostrar el músculo, la capacidad bélica, el poder de la diplomacia dura. Sirve para alertar a otros de lo que se tiene y de lo que se puede usar para aplastar FF.AA. extranjeras. 


Son ejercicios de orgullo, de honor, de fiereza, de disciplina; los cuales mandan mensajes disuasorios, de advertencia. Diga usted si eso ocurre con el desfile del 16 de Septiembre. Por el contrario, da pena ajena; exhibe el poco y deslustrado material de agresión y defensa; nada bueno para la geopolítica mexicana. 


Eso es lo que rescato del desfile militar, y rescatar es un decir, pues más bien siento pena y bochorno que esto sea lo que representa, inversamente proporcional, a México: una familia Burrón, un mandatario opacado y un desfile que deja mucho que desear…