El futuro de México que se queda sin presente

Por Andrés Sánchez

A lo largo de dos años de trabajo directo con niños de distintos estratos sociales, de diversas comunidades, con costumbres y formas de vida singulares, me ha sido posible generar un panorama de la situación de la niñez en México, o al menos de ciertos casos que, desafortunadamente encajan con las cifras oficiales que siempre son dadas pero no atendidas.
-Que el caso de unos sirva de protesta de muchos-.

 Son las nueve de la mañana y Perla está lista para desayunar, a su lado y en la misma mesa se encuentran algunos niños y niñas más. Es la más pequeña entre todos ellos y sus diminutos ojos ruegan por ver ya qué comida servirán hoy. Aunque no lo aparenta mucho, está emocionada, mas no del todo hambrienta: en casa, habitualmente, no desayuna tan temprano, de hecho, ni siquiera desayuna. Sale de casa a las siete de la mañana para ir a la escuela o desde las seis si le toca ir a ayudar a su mamá con la venta de dulces. En cualquiera de los dos casos, lo hace con el estómago vacío.

 

Pero aquí (en el marco de una actividad organizada por una Institución de Asistencia Privada dedicada al cuidado de ciertos derechos del niño), ya tiene fruta, leche, huevo y un pedazo de pan para tomar energías. Al menos durante el tiempo que esto dure, ella podrá alimentarse, podrá mirar de lejos la situación de desnutrición en la que vive. Perla forma parte de ese 40 por ciento de niños mexicanos que padece desnutrición, es de esos 2.6 millones de niños que no se alimentan como es debido. No viene de un estado como Yucatán, Quintana Roo, Oaxaca o Guerrero, donde según el Instituto Nacional de Nutrición y sus informes (2013) se concentran el mayor número de niños desnutridos; viene del Estado de México y también comprende de las consecuencias de estos datos.

 

En general, se calcula que en México, el 37 por ciento de la población lo componen niños y adolescentes; de los cuales, según información otorgada por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) y el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas (UNICEF) “más de 3 millones de niños de entre 5 y 17 años no asisten a la escuela; aproximadamente 3 millones trabajan; al menos la mitad de la niñez mexicana vive en pobreza y 12 millones en pobreza extrema”. Esta situación de carencias genera consecuencias diversas que afectan al sano desarrollo de los infantes, atenta contra sus seguridades y les ofrece un escenario precario y hostil para su crecimiento.

 

 

Poco después conozco a Emanuel, un niño que actúa con violencia y que ha hecho de las palabras ‘wey’, pendejo, maricón y otras más, su vocabulario cotidiano. Indagando en las causas de su comportamiento agresivo y hostil hacia los demás se encuentra que nunca conoció a su papá. Su mamá es maestra y jamás le ha prestado la atención necesaria, lo que lo llevó a ser muy independiente desde pequeño; desde entonces pasa más tiempo en la calle que en su casa, sus amistades le doblan o triplican la edad y su pasatiempo favorito es ir con su banda a ‘echarles tiro’ a otras, a retarse y golpearse por territorios, mujeres o simple diversión. A sus 13 años ya tiene múltiples heridas de navaja, un indicio de disparo en la pierna y ha probado muchas drogas; ya se ha metido al negocio, más por obligación que por decisión propia. Deja en claro que no le gusta y que por tratar de huir de ese ambiente es que busca ayuda.

 

Resulta imposible pensar que su situación es única, ya que datos oficiales señalan que
“de 30 mil a 50 mil menores están vinculados con la delincuencia organizada; niñas y niños de entre 9 y 17 años son explotados por los grupos criminales de diversas formas”.

El número de niños y adolescentes inmiscuidos en este ambiente ilegal va subiendo de manera alarmante, de forma visible pero casi desapercibida por las autoridades; pero también por una sociedad y una educación familiar en valores deficiente, falta de atención de los padres, entornos donde la ilegalidad y las drogas son el pan de cada día y el delinquir parece la única solución y oportunidad para “salir adelante”.

 

Muchas veces, no se les ha mostrado que hay una realidad distinta a la que han vivido toda su vida, no se les ha demostrado que es posible no repetir la situación y desarrollarse en ambientes distintos.

 

Por otro lado, Israel goza de una familia amorosa y sólida que se ha encargado de darle atención y amor en medida de lo posible, pero fuera de casa su realidad se torna tormentosa.
Es en la escuela donde se siente inseguro, lo molestan e intimidan por su actitud tranquila y su intelecto avanzado; es un niño demasiado inteligente para su edad, pero mientras más felicitaciones recibe sobre eso, menos amigos tiene. Como él, muchos niños sufren de violencia en la escuela por parte de sus compañeros, incluso de profesores.

 

Para ser precisos, se estima que 15 por ciento de niños sufren de violencia en la escuela, mientras que el 11 por ciento la recibe de la calle. Esas cifras no incluyen la violencia sexual que, desafortunadamente, ha ido en aumento en los últimos años.

 

La violencia en la infancia, de donde quiera que provenga, se ve legitimada por una naturalización preocupante. La idea de ‘los niños son propiedad de los adultos’ se ha convertido en un desafío por superar para garantizar que tanto niñas, niños y adolescentes gocen de un ambiente de respeto, seguridad y bienestar físico y emocional, alejados de maltratos, trabajo forzado, desatención y otras faltas a su integridad.

 

Por ahora el tiempo se acaba y los niños tendrán que regresar a sus casas, a su realidad. Algunos, como Jimena, volverán a su rutina y tendrán que despertar desde muy temprano para ir a trabajar (la escuela no es una opción para ella) como lo ha hecho desde que tiene nueve años. A los 12 ya es capaz de hacer trabajos más pesados y por eso se va a los mercados a ayudar a las ‘seños’ a cargar sus bolsas y buscar su mandado; de ocho a ocho es su jornada. Ella forma parte de los niños que trabajan y no van a la escuela, casi siempre para ayudar al gasto familiar.

 

Dentro de todo, trabajar en un mercado o cargando bultos parece ser la más inocente de las opciones para estos niños, ya que la explotación sexual es un mal que se expande con mayor velocidad y con efectos cada vez más devastadores. Según cifras del Centro Mexicano para la Defensa de la Infancia (Cemedin) del 2013,:“un millar de niñas y jovencitas, cuyas edades fluctúan entre 14 y 16 años, se prostituyen en la Ciudad de México a cambio de cantidades de dinero que oscilan entre los 15 y 25 dólares.”

 

Por si fuera poco, hay casos en que ser niño y además descendiente de pueblo originario es una doble tortura a nivel nacional. Para ser más claros, basta con decir que en estos pueblos muchas de las cifras aumentan, por ejemplo: “36 por ciento de los niños indígenas, de entre 6 y 14 años de edad, trabajan el doble que el promedio nacional (calculado en 15.7 por ciento)”, según datos del INEGI.

 

Además: “del total de niños y niñas que viven en zonas rurales, casi el 27 por ciento padece pobreza extrema, mientras que la tasa de mortalidad infantil en este grupo es de 70 por ciento”. El analfabetismo es otro factor de alarma, ya que su nivel en estos [pueblos] es cuatro veces mayor al de la media nacional.

 

Como estas, se podrían desglosar un sinfín de problemáticas presentes para la infancia mexicana, se podrían citar más casos y testimonios; pero, quizá con lo presentado y lo contenido en cientos de estudios que parecen quedarse sólo en papel y estadísticas, sirva para hacer conciencia de la grave situación, de la urgencia de soluciones para este sector, que inclusive evitarían problemas sociales en la edad adulta; si bien es cierto que los niños son el futuro del país ¿Por qué no se les asegura un mejor presente?