Voz de la ¿comunidad?

Por A. Maciel

Han pasado ya un par de días, era temprano, era lunes. Estaba por terminar la primera clase en la facultad, el ambiente era tedioso y apenas tenía fuerzas para mantenerme concentrado. Unos minutos antes de terminar la clase, un par de estudiantes interrumpieron con intenciones de invitarnos a participar y, a la vez, dar información de las próximas elecciones para el Consejo Universitario. Hablaron sobre sus propuestas y de manera demagógica o ingenua, prometieron servicios y programas que difícilmente serían respaldados por las autoridades de la facultad.

 

 

Mientras mis pensamientos iban ganando terreno sobre la atención que prestaba a su discurso, se me cruzaron algunas ideas sobre la función de los consejeros; es que, hasta donde tengo entendido, el Consejo Universitario no atiende problemas locales como los que afectan a una facultad, sino que abordan de manera amplia las problemáticas de toda la comunidad universitaria. Una alarma se enciende en mi cabeza, no logro identificar qué ocurre, pero algo ya no está sonando tan bien.

 

Empiezan a tomar confianza, invitan a que se les cuestione sobre sus propuestas, pues insisten en que el papel que quieren tomar dentro del consejo es uno sólo, el santo grial de los órganos representativos: ser la voz clara y estruendosa de la comunidad de la facultad y, como voceros, exigir incansablemente que se satisfaga de manera expedita. Otra vez la alarma se enciende, sé que algo debería estar cruzando mi mente, que debería intervenir, pero no está claro, y el tiempo, junto con su discurso, se termina.

 

El discurso está en la recta final y la estrategia cambia, buscan más agradar que convencer, se desenmascaran y nos aburren con cierta redundancia e inexperiencia; al parecer no planearon algo para después de acaparar nuestra atención. No tienen idea de lo que están haciendo o lo que quieren hacer, quieren alcanzar el puesto y después darse cuenta de qué es lo que en realidad pueden, así todas sus promesas se verán truncadas mientras que ellos sólo terminarán representando una cosa, la ineficiencia. ¿Será este otro período de metas fallidas?

 

Ellos se marchan no sin antes recordarnos que su intención es ser la voz de la comunidad (comunidad, comunidad, comunidad). La alarma se enciende de nuevo. ¡Eso es!  Ellos ya se han ido y “comunidad” queda haciendo eco en mi cabeza, burlándose de mí; me siento engañado, como si me hubieran hecho participar en un juego donde no hay respuesta correcta, donde la casa siempre gana. Me ha quedado claro qué era eso que hacía ruido en mi cabeza. Estos sujetos, “compañeros”, aspirantes a consejeros universitarios, están prometiendo ser la voz de algo que no existe, no en esta facultad (Facultad de Filosofía y Letras), no sé si en alguna otra.

Desde mi ingreso a la universidad advertí un problema grave que, de nuevo, fui incapaz de nombrar oportunamente y que, con el paso de los semestres y con la intención de descubrirlo, fui explicando a tientas, unas veces arriesgada y otras cautelosamente, como en el juego del “ahorcado”. Con la diferencia de que había algo más en juego; tiempo valioso que pasaba a ser tiempo perdido.

 

Desde los primeros semestres podía percibirse un ambiente hostil, egoísta, misántropo y megalómano en la Facultad. Eran las consecuencias del recelo, producto de la pose intelectualista señalada siempre en otros, por los mismos que la ejercían. Un juego individualista de descalificaciones para los ajenos y adulaciones para los cercanos, sin objetividad ni compañerismo. De hecho -pienso, todas las actividades al interior de la facultad apelan a la disgregación sectaria y no a la unificación o a la comunidad. No nos conocemos, pero nos descalificamos; no nos integramos, pero queremos universalizar el conocimiento y los conceptos; nos decimos humanistas y no nos tratamos como humanos sino como objeto de estudio; perdimos la noción de individualidad para abrazar la de egoísmo. Definitivamente, el ambiente de la universidad no era lo que yo tenía en mente.

 

Pasaron los primeros dos años de carrera y empecé a tener contacto con otras facultades, empecé a interactuar con sus estudiantes y me encontré con que sí había facultades que generaban comunidad y que lo hacían desde instancias preuniversitarias; donde los aceptados aún no han tomado su primer clase ni entregado su primer tarea, tampoco han tenido su primer charla con sus profesores o sufrido un final de semestre.

 

En otras facultades (por ejemplo en la Facultad de Contaduría y Administración, o en la Facultad de Química) se promueve la comunidad desde el momento en que se les asigna grupo a los alumnos, quienes son integrados una semana antes de empezar con su vida académica universitaria en los llamados “cursos de inducción universitaria”.

 

Estos cursos consisten en hacer interactuar a los integrantes de los grupos en dinámicas que les permiten identificar las personalidades de sus compañeros, fomentar amistades y disminuir considerablemente el tedio del primer día de clases; en fin, dichos cursos pretenden que justo antes de empezar la formación universitaria, los estudiantes formen vínculos que les harán más fuertes para enfrentar las dificultades que también forman parte de esta nueva etapa.

 

Estos cursos son dados por los estudiantes de semestres más avanzados, lo que posibilita otra clase de vínculo con personas que también pueden ser de apoyo y que puede servir como enlace para las personas más tímidas que no suelen acercarse a los profesores. Además, el hecho de que sean los estudiantes quienes den estos cursos, supone un conocimiento del funcionamiento y servicios que ofrece la facultad.

 

Por otra parte, facultades como la de Contaduría y Administración, cuentan con actividades deportivas y culturales dentro de un programa para los alumnos de primer ingreso, con intención de que se integren desde el primer año de la carrera. En estas actividades, a los alumnos se les ofrece la oportunidad de formar parte de los equipos representativos de la misma facultad en diferentes disciplinas, explotar sus habilidades y conocer a sus compañeros y futuros colegas por medio de otras formas de integración.

 

De la misma manera ocurre con los representativos de coro, danza y teatro, que tienen el respaldo de la institución. Este tipo de iniciativas ha llevado a esta facultad en específico a ser una de las que cuentan con más presupuesto; y ha generado uno de los mejores rendimientos a nivel académico y deportivo dentro de la misma universidad.

 

Mientras tanto, en Filosofía y Letras, no existen este tipo de iniciativas de integración y no hay comunidad, no hay competencia en otras ramas que no sean meramente académicas y como mencioné anteriormente, con tendencias de segregación por gremios teóricos. No hay iniciativas que exploten las capacidades de los integrantes de esta facultad ni que propicien otro tipo de ambientes de convivencia. La dinámica de “comunidad” de la FFyL consiste en habitar de manera pasiva a agresivo-pasiva el mismo espacio con otras personas, donde lo único que se sabe de ellas es que “también son humanistas en algún área”.

 

La reflexión de todo esto es que me parece prudente generar comunidad antes de intentar proclamarse como la voz de una comunidad; de otro modo estaríamos dando nuestro consentimiento para que estos consejeros (y los que les sucedan) sean los sastres que confeccionen el traje invisible del emperador, supuesta voz de la comunidad.