Lesboterrorismo

Por Patricio Patiño

Con tuits como “Incluir a los hombres en la lucha feminista es tan absurdo como haber contado con los nobles en la Toma de la Bastilla.” y “No me vengan con moralismos chimbos. A la violencia machista se le responde con violencia feminista. Fin.” o “Cuando crezca y dé clases, no voy a permitir la entrada a vatos y todo será muy bonis :3”, es como me encontré por primera vez con el lesboterrorismo.

 A grandes rasgos, se trata –posiblemente– del ala más radical del feminismo, y en resumidas cuentas, sus valores y demandas pueden expresarse en la exclusión de los hombres de todo espacio.

Si bien, como en toda congregación humana, entre sus integrantes existen diversos grados de compromiso con las máximas que lo cohesionan así como vías de interpretación, es un hecho que con estas pocas afirmaciones ya tendríamos suficientes elementos para generar un escándalo. Escándalo que estas (y muchas otras) mujeres tienen totalmente previsto y reivindican. Aseguran que, a la enorme mayoría heteronormada, sus acciones le producen terror. Probablemente no se equivoquen.

Entre el activismo más característico del ala lesboterrorista encontramos el performance, la diversificación anárquica (no pocas veces exhibicionista) de las afectividades, la creación de espacios separatistas exclusivos para mujeres, la deconstrucción política (teórica y práctica) de las relaciones humanas, la intervención del lenguaje y la reivindicación del lesbianismo no sólo como orientación sexual original, sino voluntaria y política.

 

Todo con miras a sacudir a quienes viven en la normalización heterosexual y patriarcal (o heteropatriarcal). Ahora, ¿qué es lo que forma parte de esta normalización? Básicamente lo que es socialmente puesto en nosotros como un marco general para las relaciones humanas, y que sólo puede entenderse a través de la transmisión cultural dominante. Aquello que creemos casi sin darnos cuenta, que hemos presupuesto –desde casi– siempre y que forma parte del entorno inmediato donde crecimos.

Algunos ejemplos son la heterosexualidad, el amor monógamo, la lógica binaria de género, la categorización rígida de relaciones, y sobre todo, de roles. Así, estos grupos también se oponen a la caracterización de los hombres como seres (privilegiadamente) fuertes, activos e inteligentes por naturaleza, igual que a la exigencia cotidiana de prestarles atención de manera favorecida. Incluso se oponen a otorgarles cualquier reconocimiento y, si les es posible, optan por no cruzar ningún tipo de relación con ellos, pues afirman que la cultura dominante pretende obligarlas sistemáticamente a hacer girar sus vidas en torno al hombre, siendo que el apoyo o solapamiento de las formas masculinas mayoritarias no es necesario y sí profundamente opresivo. En esa medida, estocan, la inclusión del hombre resta energías y recursos a la causa feminista.

 

Respecto a las relaciones en general (que, no se olvide, en este caso se reducen en lo posible a sólo relaciones entre mujeres, o más exactamente no-hombres), cuestionan los roles tradicionales de, por ejemplo, la amistad, la pareja, la familia, la autoridad y hasta el sistema económico y político en su conjunto. Sostienen que ninguna de estas categorías es incuestionable o natural y que forman parte del aparato ideológico propio del sometimiento machista normalizado, por lo que proponen una especie de anarquía relacional basada en las especificidades de los vínculos afectivos que se generen con cada persona, sin limitar su desarrollo por ningún patrón determinado heterónomamente.

 

Independientemente de que es altamente probable que por mi condición biológica y cultural a estas mujeres no les importe en absoluto lo que tenga que decir al respecto, creo que vale la pena mencionar algunas cosas.

 

Primero, creo que se trata de una oposición valiente y valiosa que merece amplio reconocimiento. En cualquier lugar donde se pretenda algo parecido a la libertad o la democracia, siempre debe dársele su justo lugar a la oposición, y más importante todavía, debe dársele el justo lugar al ala más radical al interior de esa oposición (entre otras cosas, también porque suelen constituirla los más oprimidos y humillados). De no hacerse, se corre el riesgo de no tomar en serio al otro y a sus necesidades, de omitir lo más esencial de sus inquietudes.

 

Segundo, hay que entender que, como todo terrorismo, se trata de un movimiento que surge como respuesta de impacto ante la más cruel opresión (que por lo general también resulta ser la que menos se cuestiona, la más ‘invisible y sutil’). Para nadie es novedoso que, por diversas razones, la mayoría de las sociedades conservan un núcleo duro heterosexual, patriarcal y demasiado indiferente con la otredad en ambos sentidos (es decir, totalmente opuesto respecto de un empoderamiento lésbico). Realidades como el acoso, la violencia sexista,  el machismo, la homofobia, la objetivación de las mujeres (cuando no los crímenes de odio), son la moneda corriente de muchísimos países –como el nuestro–.

 

Y tercero, en este mismo tenor, creemos ver una postura legítima porque se trata de un terrorismo simbólico y defensivo, uno que atenta contra las estructuras y no contra las personas. Por su origen teórico (que se hunde en la crítica del sistema capitalista heterosexual por parte del lesbofeminismo de los años setentas y ochentas del siglo pasado) puede decirse que no hay, y difícilmente habrá, un grupo lesboterrorista o radical feminista que se dedique a perjudicar personas de forma injusta o arbitraria. Menos aún como parte de su táctica política.

 

Quizá no sea imprudente insistir en la sutileza. Hasta donde se tiene noticia, el lesboterrorismo se opone al hombre y a la heterosexualidad únicamente en tanto instituciones sociales dominantes. Dicho de otro modo, las lesboterroristas no odian ni atacan sujetos concretos, sino construcciones y prácticas que no les permiten ser distintos a quienes no encajan en ellas.

 

Por ello, para estas mujeres es tan importante asumir el ámbito político de sus diferencias naturales y elegidas, pero al mismo tiempo denunciar las construcciones abusivas con agendas de dominación y control. En el ejemplo concreto, acusan al concepto «hombre» y a la institucionalización de la heterosexualidad de ser pilares del patriarcado, así como de ser hogar de prejuicios y alicientes esenciales del comportamiento machista.

 

Sin embargo, no deja de ser elocuente que, aún con todo lo ya expuesto, el formular las propuestas de estas mujeres o imitar sus prácticas genera una enorme ola de animadversión en automático. Por supuesto, una mirada más escrupulosa llevará a las mentes más responsables desde el terror hasta el cuestionamiento ineludible de los privilegios y las cadenas propias.

 

Pero para los numerosos necios, verse interpelado por este discurso resulta engorroso, y no pocas veces evidencia su falta de voluntad hacia lo diverso. Algunos inmediatamente habrán de encaramarse en elaboradas discusiones pretendiendo defender la libertad de expresión, la no violencia, la igualdad y la inclusión. Los más no se tentarán el corazón para cargar agresivamente contra lo que sienten como ofensivo, tóxico, equívoco e impensable; pero la respuesta feminista es contundente.

 

Dicen ellas: el representante del establishment reacciona ofendido cuando se siente excluido, porque no le ocurre a menudo. Y también procederá a descalificar esta forma de resistencia porque no es consciente de su privilegio, que ahora parece negársele. La realidad es que el lesboterrorismo no le niega nada a nadie. Y el hecho de que el impacto que causa en nosotros nos lleve a atacarle (como si tratáramos con suicidas egoístas y fanáticos) en vez de cuestionar el orden establecido por medio de la simple consideración de sus señalamientos, sigue siendo una de las mayores razones de su máxima

pertinencia.

 

 

Consulta el Manifiesto Lesboterrorista aquí:

http://lesboterroristas.tumblr.com/manifiestolesboterrorista